viernes, 30 de septiembre de 2016


El escenario, las luces que se apagan y se prenden y ella
que canta sólo para mí. Grita con todas sus fuerzas, entona y
desentona, sus manos pegadas a su cuerpo se desprenden
y gesticulan palabras, imagines.
El humo del cigarrillo roza su rostro, las lágrimas raspan su garganta,
la vida es un lienzo de retazos de  historias, de desencuentros, de tristezas...
Su vida se va en una melodía...¡ Nena, no me dejes atrás !
Yo la miro, sentado en la silla de siempre, en la misma mesa , bebiendo
siempre la misma cerveza. Observo como su cuerpo destella mágicamente,
sus piernas se aferran al sonido y se entrelazan al tiempo como una
frágil mariposa de la noche.
Ella canta sólo para mí. Sus ojos guardan el silencio que viene después
de los aplausos, y el dolor de actuar, de mostrarse fuerte ante los demás.
En un momento deja de cantar, se abraza a ella misma, como cuando uno
tiene frío e intenta darse calor a si mismo...Me vio, su piel aun conserva
las caricias.
Caricias en todo su cuerpo. Cicatrices que aún duelen, cicatrices que nunca
sanarán, pero que se aman...
Viene hacia mí, se detiene en frente de la mesa, toma su micrófono con
fuerzas, lo lleva a sus labios, cierra sus ojos y murmura un adiós.
Un saxofón describe melancolía, una guitarra desnuda un pentágrama,
sus cabellos cubren sus ojos y sus labios gimen por lo bajo, no
hay reproches, no hay resentimientos, solo una distancia, una distancia
que aturde.
" Nene, todo va estar bien, solo deja que el agua siga fluyendo "
Termina la canción, lentamente abre sus ojos, baja la cabeza, da
vuelta su cuerpo y vuelve al escenario.

JUAN ARÉVALO.



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