jueves, 15 de septiembre de 2016

La mierda que pisábamos a diario y el olor a vino agrío
nos entumecían en melancólicos silencios.
El falso pudor de los cuerpos desnudos, miserables cuerpos que
daban vueltas sobre la cama. Los insomnios nos fueron desgastando,
el desagrado y el mal humor.
El sentido opuesto de la vida, desangraba en la piel herida por el 
llanto y las súplicas. Nos teníamos uno al otro, siempre listos para 
apaciguar las tristezas.
La indiferencia de los demás, el aire frío que entraba por la ventana
mal cerrada, los juegos de naipes, el amontonamiento de esperanzas
dentro del placar, sobre los muebles, sobre las hojas marchitas de las
flores. 
Marginados por nosotros mismos, pasábamos horas dentro de una burbuja
de suspiros y recuerdos. El tocadiscos siempre encendido, un tema de Gardel
y después uno de Charly Garcia y así, hasta que la madrugada nos cerraba los
ojos. Ella, se peinaba sus cabellos recién lavados, el peine iba y venía desenredando
cada pelo lenta y melancólicamente.
La escena se repetía todos los días, siempre la misma hora, siempre las mismas miradas, 
siempre los mismos temores, el mismo color y el mismo humo de cigarrillo.
Muchas veces, la miraba desde mi asiento, la veía elegante, mustia, abrazada
a la elocuencia de la belleza que poco a poco iba desapareciendo, ella lo sabía y con voz
entre cortada murmuraba  entre sollozos, vulgaridades,  en medio de la tarde, entre las
cuatro paredes, entre las sábanas y los misterios del pensamiento que se guarda para uno.
Yo presentía el estallido, sentía en mis venas el solitario palpitar del egoísmo.
Entonces me acercaba a su lado, besaba sus manos, su cuello, su alma empequeñecida,
le daba fuerzas, le contaba chistes malos que a fuerza de voluntad ella reía,
no por el chiste si no por lo mal que lo contaba, nunca fui bueno para los chistes.
Pero reía, por un rato se amoldaba a la felicidad y se liberaba de fantasmas,
me abraza fuertemente, y sus lágrimas se esfumaban en un estrujar de cuerpos que
se perpetuaba en un profundo y sincero silencio.
La belleza para ella, no era lo esencial, pero duele ver como se va degradando la piel,
como dunas se van formando sobre ella,como la juventud se va alejando de apoco y en ese
proceso natural,sentir la soledad que trae la muerte, tanto que alcanzamos a percibir su mal aliento.
La opacidad de la luz que se originaba en las lámparas colgadas del techo, hacia de la habitación un estrecho callejón de nostalgias.
Hubiera dado mi vida por verla reír sin que los ojos se le nublaran, que la tristeza que
la envolvía se disolviera para siempre. Pero había nacido lastimada, huérfana de sentimientos alegres. Había nacido demasiado frágil, demasiado humana, tanto que nunca se atrevió a odiar.
Tuve la suerte de conocerla, de sentir su cuerpo quebrarse en pedacitos entre mis brazos.
Suerte  que a veces maldigo. Aunque sin ella, no hubiera conocido la belleza real de las palabras, la belleza real de un corazón puro y relegado a las huellas siempre del pasado. 
Me dejó un sol de bolsillo, una vieja máquina de escribir y un lloriqueo constante, como una llovizna que va bañando continuamente el pavimento, la vereda, la casa, los recuerdos, la efímera vida de las rosas que a menudo frecuento .

JUAN ARÉVALO.



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