martes, 6 de septiembre de 2016
Flora.
--Las grandes cadenas que atan los barcos a los puertos,
no son más que brazos firmes, del hiriente destino del abandono--
Decías, mientras fumabas sentada sobre la arena, en la orilla del mar.
Tenías razón en todo. Soberbia te mostrabas ante mi ingenuidad
rompiendo toda barrera que se atravesará entre tú y la libertad.
Mientras mirabas naufragar los veleros, en medio del ocaso,yo
me perdía en tu desnuda piel.
El mar se regocijaba en una vehemente danza , sus olas iban y venían
mojando las uñas de los dedos de tus pies.
El viento soplaba la espuma y en tus ojos la vida resplandecía por momentos.
Las kamikazes gaviotas se sumergían en el fondo del agua y luego resurgían
remontando violentamente el vuelo, se alimentaban gustosamente frente a nosotros,
dejando visible el dolor de la muerte.
El sexo renacía de entre la arena, dunas se formaban y se deshacían en
un remolino sensual que cubría tus piernas, tu rostro, tu vida...
Yo, siempre a tu lado, siempre manipulando al tiempo, siempre
cargando a mis espaldas la melancolía de la existencia y las ruinas
de las barcazas oxidadas, que se meneaban mortiferamente, sobre
la nada, sobre el agua, sobre las esperanzas rotas que yacían esparcidas
por todo el puerto, también en nosotros, en nuestras almas, en nuestros relojes,
en nuestras miradas.
¡Sí, tenías razón en todo!
El silencio se rompía, en las olas golpeando furiosamente las escolleras, y
el miedo a olvidar, penetraba mi carne llegando a los huesos donde el escalofrío
se adueñaba de mis pensamientos.
Flora, tienes el don de bucear dentro de las profundidades de la tristeza
y hacer de ella, un edén de risas con sabor a menta y a resignados olvidos.
Después de unas horas sin hablar, nos mirábamos, nos reíamos y nos
marchábamos, dejando atrás todo lo vivido en ese momento.
JUAN ARÉVALO.
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