miércoles, 7 de septiembre de 2016
La bailarina
En medio del escenario, ella danza para ellos.
Su cuerpo se balancea como un péndulo hiriente.
Sus brazos se enroscan en sus piernas, sus cabellos
se desatan y caen sobre sus hombros...
Sus ojos no ven, sus oídos no escuchan, su piel se estremece
cuando el silencio la acaricia sutilmente.
Las luces la siguen, una aureola amarilla bajo su cuerpo
le marca el ritmo y los latidos de su corazón se apaciguan.
La vida no es más que un triste danzar, su esbelta figura se
empaña de recuerdos y los aromas de ayer invaden sus pupilas.
El piano surca el aire con sus melodías, el público admira los
mágicos movimientos de la bailarina, pero no ven el sufrimiento,
ni las pequeñas lágrimas que ruedan por sus mejillas.
El tiempo parece no correr, las agujas de los relojes se vuelven
insensibles al dolor, la agonía de tratar de ser es conmovedora.
Nadie es capaz de visualizar la pena ni el cansancio de la existencia.
La bailarina y su cabriole se funden en un solo instante.
Su alma emerge de sus huesos y por un segundo retoma el vuelo de
las aves y se olvida de todos y toca el cielo con sus manos, las lágrimas se acrecientan.
Ya nada importa, más que terminar la función.
Su dolor seguirá impregnado en su ser, solo para ella.
JUAN ARÉVALO.
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