lunes, 27 de febrero de 2017
El deseo
Pasó toda su vida cuidándose de si misma.
El miedo cobijaba sus palabras y en cada latido que surgía
de su corazón la verdad iba asomando como un poema que se va escribiendo.
Tenía las acciones del día anotadas en una libreta. Cada cosa que hacía las iba
borrando, como se van tachando los días en los viejos calendarios.
Suprimió su juventud sin remordimientos y en su rostro la fría indiferencia
acunaba el silencio de una vida flagelada.
Cuando sonaron las primeras campanadas anunciando el año nuevo y los niños
apresurados corrían a abrir sus regalos, una inesperada nevada cubrió la ciudad
en segundos. Todos se miraron asombrados. Algunos sintieron como el frío de
la muerte acariciaba sus pies.
Ella, sentada en rincón tarareaba una melodía que nunca había escuchado.
Su cuerpo fue trasmutando, la vejez retrocedió años, la belleza retornó a su piel
y el mundo que la rodeaba se desvaneció por completo.
Ahora, parada en una colina, observa como los niños ríen al desenvolver los obsequios
mientras escucha, con una tierna sonrisa, los fuegos artificiales que colorean los cielos
como bellas estrellas fugaces.
JUAN ARÉVALO.
A mi madre
--No detengas tu rumbo -- Dijiste y te llamaste al silencio.
Después de algunos años entendí aquellas cuatro palabras.
Hoy, en medio de tanta intolerancia puedo sentir tu tristeza
y el porqué de tu voz anclada en el valle de negrura infinita.
¿ Y qué importa que lloren los sauces ?
¿ Y cómo encender la llama de la vela que entibiará a los espíritus,
qué dentro de ti dormitan ? .
Mis voces, todas las que tengo, te llaman en la plenitud del día
y en las opacidades de mis sueños hechos insomnios.
Mis soledades, todas las que poseo, imploran por ti
en las horas ocultas del sol y de la luna.
Mis vestiduras, las que me pertenecen solo por conveniencia
con la estética colectiva y de la locura escondida
dentro de rostros que lloran como niños, cuando nadie los mira.
Vestiduras que se desgarran por toda la casa
dejándome desnudo, como una violeta muriendo en un fangoso lago.
¿ Y porqué hay muros invisibles dentro de las viñas dividiendo las uvas negras de las verdes ?
¿ Porqué hay nostalgias que gimen sobre los cobertizos ?
¿ Porqué se renuncia a la vida si aún no se está muerto ?
¿ Porqué llueve en los labios y en los ojos la nada se extiende como hiedra venenosa ?
No hay cadalsos que no lloren sangre.
Se cortaron los hilos de las marionetas
las miradas narran historia de encierros y sumisiones.
Cansados instantes se revuelcan entre el estiércol de las mariposas
que deambulan solitarias
como sabias y hermosas ladronas de esperanzas.
Te pronuncia la vastedad en su fantasmal eco.
Cantan los buitres que reposan sobre los esqueletos de los soldados caídos.
Te llamo desesperado desde mi destierro. Confronto la desolación
desde mi pequeña casa que yace hundida entre las secas malezas.
Enmascarada la muerte besa tiernamente a la dormida.
La soledad esgrime una filosa daga entre las piedras y el polvo.
Tú vives tu muerte cíclicamente,
la reencarnación brillando en todo su esplendor.
Mueres y naces, naces y mueres al unísono con los parpadeantes ojos
por las mañanas cuando despiertan, por las noches cuando se cierran al dormir.
Sobran los espejos, el rostro envejece rápidamente
los cabellos se vuelven blancos y las palabras ceden su lugar a los recuerdos.
Frágil mistura la de los creyentes más fervorosos
después de la noche las aguas pierden sus espumas y sus cristalinos azules.
Herido, un pájaro reposa su agonía en un rosal
sabiendo que va a morir empieza su trino
como una súplica perversa.
El dios de los pájaros descansa cómodamente en su lujoso nido.
-- No detengas tu rumbo -- Dijiste y te llamaste al silencio.
La distancia se acorta, bailan felices las gotas de lluvia
dentro del cuenco de lágrimas.
JUAN ARÉVALO.
--No detengas tu rumbo -- Dijiste y te llamaste al silencio.
Después de algunos años entendí aquellas cuatro palabras.
Hoy, en medio de tanta intolerancia puedo sentir tu tristeza
y el porqué de tu voz anclada en el valle de negrura infinita.
¿ Y qué importa que lloren los sauces ?
¿ Y cómo encender la llama de la vela que entibiará a los espíritus,
qué dentro de ti dormitan ? .
Mis voces, todas las que tengo, te llaman en la plenitud del día
y en las opacidades de mis sueños hechos insomnios.
Mis soledades, todas las que poseo, imploran por ti
en las horas ocultas del sol y de la luna.
Mis vestiduras, las que me pertenecen solo por conveniencia
con la estética colectiva y de la locura escondida
dentro de rostros que lloran como niños, cuando nadie los mira.
Vestiduras que se desgarran por toda la casa
dejándome desnudo, como una violeta muriendo en un fangoso lago.
¿ Y porqué hay muros invisibles dentro de las viñas dividiendo las uvas negras de las verdes ?
¿ Porqué hay nostalgias que gimen sobre los cobertizos ?
¿ Porqué se renuncia a la vida si aún no se está muerto ?
¿ Porqué llueve en los labios y en los ojos la nada se extiende como hiedra venenosa ?
No hay cadalsos que no lloren sangre.
Se cortaron los hilos de las marionetas
las miradas narran historia de encierros y sumisiones.
Cansados instantes se revuelcan entre el estiércol de las mariposas
que deambulan solitarias
como sabias y hermosas ladronas de esperanzas.
Te pronuncia la vastedad en su fantasmal eco.
Cantan los buitres que reposan sobre los esqueletos de los soldados caídos.
Te llamo desesperado desde mi destierro. Confronto la desolación
desde mi pequeña casa que yace hundida entre las secas malezas.
Enmascarada la muerte besa tiernamente a la dormida.
La soledad esgrime una filosa daga entre las piedras y el polvo.
Tú vives tu muerte cíclicamente,
la reencarnación brillando en todo su esplendor.
Mueres y naces, naces y mueres al unísono con los parpadeantes ojos
por las mañanas cuando despiertan, por las noches cuando se cierran al dormir.
Sobran los espejos, el rostro envejece rápidamente
los cabellos se vuelven blancos y las palabras ceden su lugar a los recuerdos.
Frágil mistura la de los creyentes más fervorosos
después de la noche las aguas pierden sus espumas y sus cristalinos azules.
Herido, un pájaro reposa su agonía en un rosal
sabiendo que va a morir empieza su trino
como una súplica perversa.
El dios de los pájaros descansa cómodamente en su lujoso nido.
-- No detengas tu rumbo -- Dijiste y te llamaste al silencio.
La distancia se acorta, bailan felices las gotas de lluvia
dentro del cuenco de lágrimas.
JUAN ARÉVALO.
domingo, 19 de febrero de 2017
viernes, 17 de febrero de 2017
Festín.
Corre la niña encantada por melodías que nadie más escucha.
Corre,suelta sus cabellos, éstos caen sobre el aire que va absorbiendo
cada partícula de su rostro.
El tren detiene su viaje, los andenes mueren olvidados.
Los colibríes agitan sus alas.
Ella se confiesa ante el señor, desvarío de un alma que no tiene donde esconderse.
Cortinas de humo no permiten ver los jardines florecidos,
nacidos de una lágrima perdida, semilla de carne y de sangre.
Se detiene la infante, una hilera de bancos abarcando la inmensidad.
Bancos de arenas que dan descanso a los que se fueron sin confesarse.
Amamanta la soledad a los raídos cuerpos que cuelgan de un cielo oscurecido.
La juventud hace tiempo que ha envejecido, hambruna en medio del desierto.
Desierto en medio de la ciudad.
La niña vuelve a correr, muchedumbres con antorchas gritan al unísono.
Y tú, velando a oscuras a los que torturaron con sus manos,
perdidos de perdones deambulan. Perdidos y vejados por su misma maldad.
Tú agonizas entre los cielos verdosos de tus edenes que fueron profanados
por los ángeles bellos en estéticas .
La niña te ignora, ella no tiene contemplación sobre tus milagros
ella no sabe de ti y te abandona entre tus pecados disfrazados de amor.
Un fuego arrasa con el valle de los solitarios
suenan clarines, caridad de un tiempo muerto, lazos de fuego
penetran las almas...La niña llora y se abraza a un amuleto de huesos .
Quimeras rodean a la niña, voces lujuriosas
impregnan su aliento en los ojos desorbitados que ya no lloran.
Inertes pupilas reflejan el festín de la locura.
JUAN ARÉVALO.
jueves, 16 de febrero de 2017
Tantas codicias que abundan
tantas caricias que mueren...
Abarcan siglos las sombras
árboles entristecidos dejan
caer sus hojas como pequeños
atributos no concebidos.
Opacidad de muerte
de distancia, de adioses
opacidad de huesos
de vientres
de horas solitarias
de cuerpos inertes.
Altares de apagadas velas
orgías sangrientas
corazones tangibles
latiendo fuera de la piel
prosternados juramentos
rapaces aves sin alas.
Oh, vida que nace de la muerte
y del viento se alimenta
ración de ojos
piernas, brazos,labios
forman los equilibrios
de la existencia,
suicidios de consuelos
voces que aturden por las noches
la eternidad huye
dejando ruinas sobre ruinas.
JUAN ARÉVALO.
miércoles, 15 de febrero de 2017

Estabas atrapada en ese callejón, buscando lo que un día
perdiste sin darte cuenta. Sudabas como las primeras margaritas
y en tu piel reinaba el perfume de la inocencia recién corrompida.
Me miraste y tus labios mordieron las palabras y mis manos
con un ademán invisible despejaron las culpas y los reproches.
En un cerrar de ojos te sentaste en aquella silla y como toda una
mujer de la noche comenzaste a actuar para mí...
JUAN ARÉVALO.
martes, 14 de febrero de 2017

El sentimiento brotaba de cada lado de sus mejillas
como una llovizna de ojos sin lágrimas. Sus años la habían
atrapado dentro de una invisible jaula cuyos barrotes contenían
la vida y la muerte. Un día, sin quererlo abrió la puerta de aquella celda
que tanto le había negado y contempló asombrada el mundo exterior
que se desangraba en inútiles guerras y amores infieles.
No soportó tanto desprecio amontonado como una montaña de estiércol y sin dudarlo volvió a
su jaula, no sí antes acariciar una hermosa paloma que posada en sus manos moría de soledad.
JUAN ARÉVALO.
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