lunes, 27 de febrero de 2017


El deseo


Pasó toda su vida cuidándose de si misma.
El miedo cobijaba sus palabras y en cada latido que surgía
de su corazón la verdad iba asomando como un poema que se va escribiendo.
 Tenía las acciones del día anotadas en una libreta. Cada cosa que hacía las iba
borrando, como se van tachando los días en los viejos calendarios.
Suprimió su juventud sin remordimientos y en su rostro la fría indiferencia
acunaba el silencio de una vida flagelada.
Cuando sonaron las primeras campanadas anunciando el año nuevo y los niños
apresurados corrían a abrir sus regalos, una inesperada nevada cubrió la ciudad
en segundos. Todos se miraron asombrados. Algunos sintieron como el frío de
la muerte acariciaba sus pies.
Ella, sentada en rincón tarareaba una melodía que nunca había escuchado.
Su cuerpo fue trasmutando, la vejez retrocedió años, la belleza retornó a su piel
y el mundo que la rodeaba se desvaneció por completo.
Ahora, parada en una colina, observa como los niños ríen al desenvolver los obsequios
mientras escucha, con una tierna sonrisa, los fuegos artificiales que colorean los cielos
como bellas estrellas fugaces.

JUAN ARÉVALO.

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