
El sentimiento brotaba de cada lado de sus mejillas
como una llovizna de ojos sin lágrimas. Sus años la habían
atrapado dentro de una invisible jaula cuyos barrotes contenían
la vida y la muerte. Un día, sin quererlo abrió la puerta de aquella celda
que tanto le había negado y contempló asombrada el mundo exterior
que se desangraba en inútiles guerras y amores infieles.
No soportó tanto desprecio amontonado como una montaña de estiércol y sin dudarlo volvió a
su jaula, no sí antes acariciar una hermosa paloma que posada en sus manos moría de soledad.
JUAN ARÉVALO.
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