viernes, 17 de febrero de 2017


Festín.

Corre la niña encantada por melodías que nadie más escucha.
Corre,suelta sus cabellos, éstos caen sobre el aire que va absorbiendo
cada partícula de su rostro.
El tren detiene su viaje, los andenes mueren olvidados.
Los colibríes agitan sus alas.
Ella se confiesa ante el señor, desvarío de un alma que no tiene donde esconderse.

Cortinas de humo no permiten ver los jardines florecidos,
nacidos de una lágrima perdida, semilla de carne y de sangre.
Se detiene la infante, una hilera de bancos abarcando la inmensidad.
Bancos de arenas que dan descanso a los que se fueron sin confesarse.
Amamanta la soledad a los raídos cuerpos que cuelgan de un cielo oscurecido.

La juventud hace tiempo que ha envejecido, hambruna en medio del desierto.
Desierto en medio de la ciudad.
La niña vuelve a correr, muchedumbres con antorchas gritan al unísono.

Y tú, velando a oscuras a los que torturaron con sus manos,
perdidos de perdones deambulan. Perdidos y vejados por su misma maldad.
Tú agonizas entre los cielos verdosos de tus edenes que fueron profanados
por los ángeles bellos en estéticas .

La niña te ignora, ella no tiene contemplación sobre tus milagros
ella no sabe de ti y te abandona entre tus pecados disfrazados de amor.

Un fuego arrasa con el valle de los solitarios
suenan clarines, caridad de un tiempo muerto, lazos de fuego
penetran las almas...La niña llora y se abraza a un amuleto de huesos .


Quimeras rodean a la niña, voces lujuriosas
impregnan su aliento en los ojos desorbitados que ya no lloran.
Inertes pupilas reflejan el festín de la locura.

JUAN ARÉVALO.
 





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