
Estabas atrapada en ese callejón, buscando lo que un día
perdiste sin darte cuenta. Sudabas como las primeras margaritas
y en tu piel reinaba el perfume de la inocencia recién corrompida.
Me miraste y tus labios mordieron las palabras y mis manos
con un ademán invisible despejaron las culpas y los reproches.
En un cerrar de ojos te sentaste en aquella silla y como toda una
mujer de la noche comenzaste a actuar para mí...
JUAN ARÉVALO.
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