jueves, 8 de septiembre de 2016
Cada día empezar de nuevo,
bucear en las aguas del presente
y aferrase al miedo de vivir.
Las calles predican soledades,
el síndrome de la existencia
y la vana esperanza de perdurar
en el tiempo.
Partículas que se desprenden
y vuelan por el aire, van y vienen
perdidas en laberintos de soledades,
lágrimas y agonías.
Duele verse reflejado,
en los espejos astillados de la mentira
camuflados de verdades y alegrías.
Reír, aunque por dentro se este muriendo.
Vagar por las mañanas,
por las tardes, en la inmensa deforestación
del alma, que implora la muerte.
No, no se puede prevalecer entre las ruinas
ni se puede envejecer en la muerte.
Todo es nada y a la vez es todo.
La tenue luz y la culpa de la vida
sangrando en mis manos,
hasta mutilar mi grito de auxilio.
Ya no hay lugar donde su pueda ocultar
de la desdicha,
ya no hay rincón donde esconderse
de la nada,
si mi mundo todo, es un invierno muerto.
JUAN ARÉVALO.
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