viernes, 16 de septiembre de 2016
Cada mañana veíamos el horizonte desde la casa.
La ventana, el vidrio, las grandes montañas y el cielo azul.
Éramos dos y éramos uno a la vez, la cama revuelta, el cenicero
repleto de cenizas y colillas que humeaban continuamente.
Leíamos poesías, Borges, Cortázar, Pizarnik, Poe por nombrar algunos.
Leíamos por largas horas sin detenernos, ella recostada sobre el sillón
o sobre la cama, con su libro entre sus manos. Sus ojos perdidos en las hojas,
sus labios moviéndose en silencio. Yo sentado en la silla de madera, el libro en la mesa,
la pava y el mate a su lado. Cada uno en su lectura, a veces, yo levantaba la vista,refregaba
mis ojos y la espiaba por debajo de mis anteojos y ahí estaba ella, inmóvil,secreta, misteriosa.
No era difícil verla llorar, siempre fue enamoradiza y vulnerable a todo acto romántico.
JUAN ARÉVALO.
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