viernes, 2 de septiembre de 2016
Pensar, que nunca le gustó la formalidad.
Siempre fue una más, aunque era distinta siempre lo fue.
No tenía maldad, no conocía el rencor y reía a toda hora.
Su blanca dentadura destellaba esperanzas que a su vez
desnudaban pequeños páramos en formas de lágrimas.
Siempre muy afable con las personas, nunca se negó a prestar
ayuda, ni a un abrazo de consuelo.
Sus miserias las ocultaba demasiado bien bajo su suave y frágil
piel. Nunca me animé a preguntarle porque eligió este lado del mundo.
Sé bien que es de familia adinerada, que tiene todo, que no necesita nada,
al contrario de nosotros.
Cuando llegó el primer día, me conquistó su risa, sus trenzas, sus ojos
sin brillo, algo raro para una persona que no hacía otra cosa que reír.
Sus ojotas gastadas y un montón de vida acumulada entre los dedos
de las manos.
Tantas horas abrazada a mis hombros, tantas palabras dichas en mis oídos,
tantos besos dejados en mi cuello, en mis mejillas, en mis silencios.
Prefirió callar, ocultar el dolor, reír por fuera y llorar por dentro.
Olvidé de poner en hora el reloj, así que no sé bien a que hora desperté esta
mañana. El sol todavía no había salido y el frío calaba los huesos.
Espero que nunca se olvide de regresar. Creo que se fue en el micro de
las tres de la madrugada.
Hoy entre sueños como el perro ladraba, cuando pude abrir los ojos ella ya no
estaba.
Fue en ese momento cuando las campanas de la catedral, sonaron más tristes que
de costumbre.
JUAN ARÉVALO.
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