martes, 13 de septiembre de 2016
El camino estaba lleno de flores de todos los colores.
El agua caía suave y frescamente. El calor era agobiante.
La necrofilia que emanan los desiertos se desvanecía en los
ojos de Flora. La tarde se adentraba dentro nuestro. El aire
tibio se arrinconaba en los parques, bajo los árboles, en los toboganes,
en las calesitas despintadas, en los bustos de las estatuas...
El placer de contener el tiempo en las palmas de las manos,de nuestras manos,
en una pequeña libreta de notas, en un triste silbido.
Todo, todo estaba perfectamente dibujado,.
Sus párpados vencidos por el sueño, caían suavemente y se levantaban en un brusco despertar.
La miseria de los otros, las nuestras, descansaban sobre el piedrigullo, reposaban
calladamente, invisibles y dolorosas.
Por momentos Flora, bebía de mi agua, absorbía con sus labios el fresco liquido que corría
por su garganta. Sus mejillas enrojecidas y su pequeña nariz de algodón se fundían con la
sed y la nada.
El aroma de las margaritas penetraban el alma, intensificando aún más el sueño de
de volar, de sentirnos únicos con el viento. La pequeña llovizna seguía mojándonos...
La vida se desgarraba, Flora sabía contar pétalos de margaritas, los acariciaba con ternura,
con cuidado para no lastimarlos, son frágiles los pétalos de margaritas, tan frágiles que
cuando se desarmaban en sus manos,en sus dedos Flora lagrimeaba, con un profundo penar..
Los perros venían, movían sus colas y extendían sus hocicos hacía ella, buscando caricias
como si supieran de su tristeza.
El girar de las agujas de los relojes, nos imponían las leyes del tiempo. Ese tiempo que yace encerrado en una acota carcasa de diferentes formas.
La tarde ya se había vuelto noche, la llovizna seguía derramando sus nostalgias sobre nuestros cuerpos. Las polillas daban vueltas bajo las farolas, un silencio estremecedor
agitaba el momento, la vida desgarrada, se refugiaba en los enorme ojos negros de Flora.
Todo estaba imperfectamente dibujado.La perfección de antes, mutaba en pequeños
fragmentos de distancias.
Las cadenas de supermercados bajaban sus persianas, al momento en que una sirena
de policía o de ambulancia, sonaba a los lejos...Nos miramos y en ese momento las
lágrimas comenzaron a rondar lentamente sobre sus mejillas.
JUAN ARÉVALO.
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