sábado, 17 de septiembre de 2016
No fue tu intención más que relegarme a las sombras.
Tu idiotez por la mañana y el olor siempre penetrante
de tu aliento a alcohol me asqueaba demasiado. Tú palabra
era la única que valía, no importase que estuvieses equivocado,
todo era a tu razón. Es cierto que también sabías abrazarme muy
fuerte, como todo un padre. Pero era demasiado para ti, después
te volvías un animal, gritabas y maldecías, como si algo hubieses
recordado, algo que verdaderamente te hacía enfurecer y doler al mismo tiempo.
Mamá no existía, cuando tú estabas, ella se volvía sumisa, un espectro
que solo servía para cocinar y amamantar a Elena.
Pero en el fondo nos querías, cuando estabas perdido en borracheras,
la bondad surgía de tus entrañas hasta la piel y vomitabas el lloriqueo
cobarde,que hacía que después de todo, sintiéramos pena por ti.
Tu vida fue difícil, y eso te llevo al eterno resentimiento , y todo el
odio que estaba anclado en tu pecho, lo dejabas en nosotros.
Padre, hoy ya grande te veo venir y gritarme toda tus mierdas, todas tus
inclemencias y las lágrimas después.
Me costó años entender tu resentimiento, tu ira inculcada por tu padre, mi abuelo.
JUAN ARÉVALO.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario