
Se vio solo entre tantos rostros y la incomodidad de saberse vivo
lo llevó a buscar la soledad. Parado en medio de cuerpos inertes buscó
con desesperación la cura para su tristeza. Desafió al destino y derribó
el muro de sus miedos, corrió a toda velocidad hacía las sombras que
ocultan la verdadera existencia y se desnudó de ropajes, así como de
la piel que cubría sus sentimientos. Ahora es libre, ya nada lo encadena
al mundo de los vivos, ni siente el dolor correr por su cuerpo.
No tiene nombre, solo es un cuerpo que se va desvaneciendo.
El precipicio, no es más que la salida del laberinto de emociones,
donde vivió preso toda su vida. Ahora, es él quien tiene la última
palabra.
JUAN ARÉVALO.
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