lunes, 12 de septiembre de 2016


Flora.


El amor le chorreaba por sus labios, los deseos
se desnudaban en sus pechos y en sus ojos,asomaba el temor
de amar demasiado, más de lo permitido.
Caminaba sin rumbó, siempre perdida en los invisibles
páramos que nos rondaban.
El trabajo, los estudios y la sensación de estar atados, nos
alejaban por momentos. Lo monótono estaba en las diarias
rutinas y en los espejos .
No tenía elección, su vida no le era fácil, los contornos de su
existencia limitaban sus arrebatos de locura y cuando estábamos
felices, sin decir nada se marchaba.
Una sutil melancolía bañaba la casa, el silencio y la gravedad de los
diarios nos imponían sus tristezas importadas.
Nos acostumbramos a no soñar, ni a planificar el futuro.
Las consecuencias irresponsables de nuestros actos se manifestaban
en largos días de soledad, donde los recuerdos nos consolaban por
ratos. Un día, nos escondimos en un viejo vagón de tren, que había
sido abandonado en una esquina del barrio. Nos escondimos e hicimos
el amor una y otra vez. Yo, besando su cuerpo desnudo, su piel absorbiendo
mi alma, su vientre balanceándose suavemente sobre mi, sus cabellos
tapabando su rostro, sus gemidos quemando el aire. Sus manos sobre mi
pecho y sus labios emanando el aliento del goce más hermoso que
pueda existir. Luego cuando ambos estallábamos en fluidos nacidos de
nuestras entrañas, nos perdíamos en largos silencios.¡Nada, ni una palabra !
Afuera, la vida brotaba de la tierra en varias formas, en ojos, en piernas, en
lluvia, en viento, en lágrimas...

JUAN ARÉVALO.






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