lunes, 26 de septiembre de 2016


La nieve sobre su rostro, el frío pasaba desapercibido
la nevada se iba transformando en una lluvia de pétalos.
Pétalos de todos los tamaños.
Carecíamos de la necesaria malevolencia que hay que tener
para poder sobrevivir en el indiferente mundo de las corbatas,
un mundo impreso con trozos de envidias y codicias.
Solo teníamos nuestras ropas y algún dinero para emergencias.
Pero la verdad es que no nos importaba lo que nos podía pasar.
Todo es un arrebato del tiempo, todo sucede en forma arbitraria,
lo que hoy está mañana no y lo que planeamos siempre se anuda
en la piel y muy pocas veces logra pasar la barrera de lo abstracto
y logra concretarse.
Aquel invierno juntos, no fue más que una casualidad, un encuentro
pactado antes de nuestras vidas, antes de nuestros primeros pasos,
antes de nuestro primer encuentro sexual. También las casualidades se
pactan mucho antes de que sucedan.
Nos desnudamos frente a todos y nos burlamos de sus absortos rostros
que parecían morir en sus propias vergüenzas por sus reprimidos
pensamientos. Nos desnudamos, no de ropaje sí de miedos, de complejos
y actuamos como niños, como dos locos adultos que se amaron plenamente
adelante de todos.
Después, la lluvia de pétalos cesó, el frío penetró nuestras miradas, el
amargo café no pudo entibiar nunca más nuestras almas y la felicidad no
fue más que un recuerdo recién acabado de nacer.

JUAN ARÉVALO.




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