jueves, 8 de septiembre de 2016
Surgir de entre las cenizas
y volver a sentir como fluye la vida entre mis dedos,
beber de su esencia hasta perpetuar el tiempo en mi piel
sin preocuparme de lo que vendrá.
Platicar con el viento y elevarme mágicamente
en medio de la nada,
girar la cabeza y visualizar el rostro mudo del silencio
concretando el llanto del alba.
Estimular mis pensamientos con la lluvia de estrellas
y entregarme por completo a las codicias del universo.
Regresar al principio y reescribir mi destino
hurgar en al barro del ayer,
mojar mis pies en la marea de lágrimas.
Contemplar a la muerte, desglosar la historia de mi vida.
Renacer sin tiempo, ir escribiendo el entorno a mi regocijo.
Ir pariendo, lentamente ciudades y crepúsculos.
Dejar para siempre, el mundo del dolor,
cubrirme de esperanzas, de colores, de caricias y de flores.
Que la ausencia se llene de confianza, que las dudas no sean más
que rostros gravitando fuera de mi espacio,
y el final una historia siempre comenzando, con soles radiantes,
sin fronteras ni razas.
Nacer por segunda vez en el vientre casto de mi madre,
abrazar su cuerpo y llenarme de su muerte, de su sabiduría,
de su amor incondicional, de sus virtudes y sus defectos.
Volver a sentir al niño que en su ingenuidad,
jugaba con ramas secas y relojes rotos.
JUAN ARÉVALO
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