lunes, 12 de septiembre de 2016
Pasábamos los días en absurdas discusiones, las palabras
iban y venían, perdidas en el tiempo y en las penosas baldosas
de los pisos. A veces sabíamos reír, pero muy pocas veces, lo
hacíamos verdaderamente.
Los vidrios de las ventanas se empañaban con el tibio aliento que
dejábamos como recuerdos de una contienda.
Pero a pesar de todo, nos queríamos.
Sus manos tomaban las mías,cuando el llanto afloraba de sus ojos,
como una niña inocente, apoyaba su rostro en mis hombros, cerraba
los ojos y dejaba escapar las lágrimas.
En ese momento, mi cuerpo se debilitaba, mis piernas se aflojaban, y mis
labios mordían el dolor que salia de su desconsuelo.
Cuando lloraba, su alma se volvía una fuente rota, dejaba salir el agua
acumulada por días, en ella, la bronca, la tristeza, el tormento y la desolación
renacían y morían, dios no estaba para ella.
Su voz se quebraba en mil pedacitos, los cuales yo trataba de juntar y pegarlos en
un fuerte abrazo.
Era solo de nosotros, ese momento, era solo de nosotros.
Hoy, que llueve a montones, me acuerdo de sus ojos, de sus promesas que
al rato rompería, de sus cansancios que disimulaba torpemente y de sus largos
vestidos floreados que sabían volverme loco. Sí, me gustaban esos vestidos, aferrados
a su cuerpo, como la vida se aferra a los suspiros del que agoniza. Que triste alegoría,
pero ella agonizaba, en medio de la gente, ella agonizaba, en silencio, en el doblez
de la hoja del libro que a diario leía y en sus gafas humedecidas de su amor, ella agonizaba.
Los años han pasado rápidamente. Los amigos se fueron todos, las calles se volvieron
desconocidas, mi ciudad se ha despintado, ya no tiene el olor de las esperanzas ni
los bares que solíamos frecuentar.
Hoy. Ahora, en este momento, escribo para ella, para su pequeño mundo de colores,
para sus muñecas rotas y sus dulces olvidados arriba de la mesa. Escribo para ella,
para sus primaveras siempre en inviernos, para su huesos doloridos, para sus cuentos
de hadas, para sus estrellas muertas.
Sé que en donde este, me recuerda. Sé que aún conserva en su piel, en sus uñas, en sus
pupilas el olor a mi, el silencio mio, las risas y las lágrimas que juntos supimos
parir. Sé que aún me quiere y que todo lo que vivimos lo guarda fielmente en su
frágil corazón, que un día arrebatado por la muerte dejó sus latidos en las palmas de
mis manos, desnudos, fríos...
JUAN ARÉVALO.
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