
Un día me sentí cansado, salí a fuera y grité. Grité
con todas mis fuerzas, con todas mis voces,con todas
mis tristezas,mis olores y dolores.
Mi voz penetro los oídos de nadie. Nadie me escucho.
Todos seguían sus diarias rutinas.
Los comerciantes seguían negociando los sueños y dignidades de
los más débiles.
Los niños jugaban hacer y los abuelos melancolizados recordaban
su niñez.
El caluroso verano sudaba su fatiga en el oscuro alquitrán de
las calles, mientras un viejo perro descansaba de la vida, bajo
la sombra de un árbol de naranjas.
El cielo totalmente despejado dibujada una perfecta acuarela
celeste donde dios miraba en silencio a sus descarriados hijos.
Grité una y otra vez, mi cansancio se fue transformando en odio
en frustración y al final, solo quedaba resignación.
Todos pasaban a mi lado, pero nadie parecía reparar en mí.
Les rogué que me escucharán, estiraba mis manos intentando
tocar sus flacas y arrugadas pieles.
Los amé y los odié, me desnude de cuerpo y llore a sus pies,
imploré y reí.
Quise mostrarles mis miedos, mis cansancios,como el sistema
me fue marginado de la existencia.
Les grité que estaba muerto,que no tenía nada,que mis brazos
estaban cortados por furiosas navajas.Que mi pequeña verdad había sido profanada,
que ahora,solo poseía un reloj que no andaba y un par de anteojos
sin cristales.
Algunos me dijeron "loco ",otros decían que estaba ebrio.
Las abuelas que estaban sentadas en las veredas, por un segundo
se apiadaron de mi rostro enfurecido de lágrimas, me miraron con
ternura,sus ojos gastados por el tiempo manipularon mi certeza, luego
siguieron hilando puntos con la landa y las agujas de tejer.
Pero en realidad nadie me vio, nadie sintió mi dolor.
Esta búsqueda por recuperar el lugar que me corresponde me llevo a romper la cáscara
que cubre la cordura, esa especie de nuez que nos va asfixiando hasta
no poder respirar.
Me sentí en una gran noria de feria que giraba sobre sus cabezas, mis lágrimas
se iban volviendo profundas fosas donde miles de niños jugaban en medio de la nada.
Grité una vez, me ignoraron como en el primer alarido.
Entonces decidí cerrar mis labios, asesinar mi voz y ocultarme entre estos muros, donde
el dolor es moneda corriente, así como el abandono, como el olvido,como la supresión.
JUAN ARÉVALO.
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