sábado, 13 de agosto de 2016




Caminamos bajo la lluvia toda la mañana,
agarrados de las manos, siempre con
una sonrisa en los labios . Recorrimos
la ciudad como si fuéramos turistas. Nos
detuvimos en cada esquina a jugar a la
rayuela. Ella saltaba las baldosas como
una pequeña niña desquiciada. Me gustó
verla reír, parecía que el tiempo se detenía
en cada salto. Los charcos reían con ella y
el aroma de la vida se iba impregnando en mis
ojos, en mi piel, en mis piernas, en mi pecho.
Luego, cuando la lluvia se detuvo, nos abrazamos
fuertemente y abrimos el negro paraguas.
El sol comenzaba a mostrarse...

JUAN ARÉVALO.

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