jueves, 11 de agosto de 2016




No hubo ninguna razón. El reloj marcaba el tiempo
bajo la manga de su saco. Le sabía gustar aparentar
más de lo que era. Pero solo lo hacía conmigo.
Era un juego que yo acepté jugar con gustó. Nunca fui
de renunciar ante ningún desafío.
Pero también es cierto que sufrí mucho, su indiferencia
me dolía. Cada vez que venía, mi mundo se daba vuelta.
La reciprocidad amorosa casi no existía, el amor se diluía
entre su cuerpo. Nada para mí, los cristales de los anteojos
se empañaban con el aliento tibio de su respiración.
Cada  noche en que estábamos juntos mis esperanzas
renacían y morían entre sus labios.
Cuando vestía de traje y corbata, su cuerpo se estremecía
en un vaivén de nostalgia.
Fue una tarde de domingo cuando la conocí.
Ella paseaba por las calles de la ciudad. Despreocupada y hermosa.
Tenía en sus manos un ramo de flores, creo se lo habían regalado
minutos antes de nuestro encuentro.
Nunca pregunte, nunca me lo dijo.
Vestía de traje, pantalón y saco gris,  corbata blanca, zapatos negros
y anteojos grandes acompañados de una melancólica sonoriza.
Yo caminaba en medio del gentío, no me interesaba socializar con
nadie, solo quería llegar a casa.
Ella venía, yo iba y el destino estaba varado en medio de nosotros.
Nuestras miradas chocaron y el gentío se desvaneció al instante.
Hoy antes de decirme adiós, beso mi frente y dejó en mi piel
el dolor más profundo que jamás haya sentido.
Sé que vendrá de nuevo, no sé cuando pero sé que volverá.
De lo que sí estoy seguro es que ya no aceptaré ningún otro desafío,
o al menos no, de este tipo.

JUAN ARÉVALO.

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