Se tendía sobre la nada, suspiraba en melancolía,
tenía el rostro pálido y sus ojos parecían besar el infinito.
Pasaba horas levitando sobre las flores silvestres,
su cuerpo desnudo tenía el brillo de la luz más real y
verdadera que jamás haya existido.
Ingenuas, las horas iban y venían a su alrededor,
como niñas jugando en medio de la eternidad.
Así, velaba los recuerdos, los atesoraba dentro de su alma
purificándolos, amamantándolos.
La amé y la protegí.Sentado a su lado vi crecer la hierba
y acaricie la muerte cada vez que el sol se escondía bajo
la piel de la luna...La amé sin remordimientos.
Flora, me ignoraba, no porque no me amará, si no, porque
se había jurado no lastimar más a nadie.
Su egoísmo nacía de su amor, y sus lágrimas de su carne.
Ingenuamente se dejaba llevar por las bandadas de mariposas
monarcas que sabían llegar del norte solo para beber del sudor
de su piel...Mariposas, que hoy ya no vienen...
Nada parecía molestarle, ni la lluvia, ni los vientos, ni el dolor
de las flores deshojadas. Nada, nada parecía inmutarla .
La amé, siempre en silencio, siempre con mi alma, siempre
con el amor más puro y sincero.
Pero la vida pasa, los años se acumulan en el cuerpo y el amor suele
deshacerse en pequeñas fibras hiladas o en pequeños dientes de león
también llamados panaderos...
Un día, me puse de pie, bese su frente y me aleje.
Desde ese día, la risa de lo niños es lo único que me contiene.
JUAN ARÉVALO.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario