jueves, 4 de agosto de 2016
Sabía venir todos los sábados por la tarde.
Traía sus bolsillos repletos de sueños y en su rostro
el rojizo frió del invierno, dibujaba crepúsculos
los cuales, me enamoraban inocentemente.
Me contaba lo que había hecho en la semana.
Desglosaba los días tranquilamente, sobre la mesa
de madera que tenía en el jardín del fondo de casa.
A veces, cuando estaba triste solía cantar en ingles,
solo para ella.
Sus ojos se desteñían y su piel palidecía, como palidecen
los bancos de la plaza en los otoños o las puertas de las escuelas
en vacaciones.
Ya no éramos niños, tampoco éramos adultos, solo éramos...
Un sábado olvido de venir, la extrañe y hasta sentí romperse
en pedacitos las agujas del reloj.
Me quedé esperando hasta última hora.
El sábado siguiente de vuelta olvido venir.
Un suave viento soplaba las nubes y el miedo a no volverla
a ver, se fue adueñando de mi cuerpo, de mis pensamientos.
Pasaron tres años, las lunas se fueron devorando a si mismas
y el barrio se fue urbanizando, evolucionó, como dicen algunos.
Esta mañana, mientras desayunaba, una voz pronuncio mi nombre.
Dejé la taza sobre la mesa, levante la mirada y la vi...Para frente a la ventana,
con su sombrero de paja marrón, con sus largos vestidos, sus cabellos
largos hermosos.Sus ojos grandes y negros y su sonrisa, viva, trasparente...
Flora ha vuelto y con ella el dolor de la vida antes de su partida.
JUAN ARÉVALO.
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