sábado, 13 de agosto de 2016


Flora.


Nos gusta cantar desnudos y hacer tortas fritas cuando llueve.
Ella tiene la costumbre de besar mi cuello con sus labios
empolvados de harina. Yo, la alejo con mis brazos, con mis manos
desdeñosamente. Ella enfadada, se va hacía un rincón de la
cocina y no me habla por horas.
Pero cuando la vida vuelve a la normalidad, seguimos siendo
los mismos desocupados de siempre.
A veces, me gusta acariciar sus piernas bajo  las sábanas
con mis dedos congelados. Aquí el frío es intenso y no tenemos
calefacción.
Cuando logramos pegar la cabeza sobre la almohada y reconciliar
el sueño, las luces se apagan.
El silencio se adueña de nosotros.
Los fantasmas nos acechan. Siempre callados, siempre invisibles.
Nos despertamos de madrugada, ella siempre primero.
Sus cabellos despeinados, marañas de pelos negros. Enredados
mundos que nada tienen, más que nulas esperanzas.
Yo, la observo desde la cama. Me aterra su belleza, su sensualidad
de mujer despeinada...
Mientras se baña, el humo de mi cigarrillo escribe su nombre en
el aire, disipándose en segundos. Contemplo esa lucha por permanecer.
Me aferro a las cobijas. Aterrado, como sí fuera la muerte quién esta
escribiendo nuestros epitafios.
Cuando sale de la ducha, su piel brilla y huele a mente y a chocolate.
Sus pechos parecen enormes. Su vientre pare deseos y sus ojos tienen
el silencio de la melancolía, que arrastra el viento, los domingos por
las tardes.
Entonces me quito de encima las cobijas, las sábanas.
Con mis brazos la traigo hacia mí, busco sus labios con los míos
(nunca le importó mi mal aliento) y es ahí cuando nuestras lenguas
chocan entre sí. Todo se vuelve nada.
La piel se desnuda dejando al descubierto la carne.
Hacemos el amor una y otra vez. Luego, la rutina diaria.
Flora se viste. Se maquilla. Peina sus largo cabellos y se marcha.
Yo, retomo el escrito del día anterior y lentamente me pierdo en la soledad de mis miedos.

JUAN ARÉVALO.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario