jueves, 3 de noviembre de 2016


Se parecía a los versos que escribía su hermano cuando
joven. El cansancio de los días acumulados en sus temblores
de piernas y en su visión cada vez más acotada.
Se había jurado no volver a sentir culpas, las cosas suceden por
algo, nada es casualidad.
Prendió nuevamente la vela, se arrodilló frente al invisible altar
y rezó como nunca jamás lo había hecho.Afuera una lluvia de cuerpos
inundaba las calles, cuerpos de niños, de madres, ancianas, ancianos
y hasta uno que otro animal.
Él sabe bien que al terminar este día, su vida detendrá su tiempo.

JUAN ARÉVALO.



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