martes, 8 de noviembre de 2016
Amapolas que no parecen amapolas,
besos que la noche se lleva para siempre
y el olor a lágrimas secas perfumando la ciudad.
Ostracismos de sueños, cuerpos mutilados sangran solitarios
el amor no es más que un dolor que nunca cesa.
La felicidad está basada en arrancarse los ojos frente a los espejos
y fingir que nada es verdadero.
De continuo mueren las esperanzas,
varadas en medio de un abismo demencial
de apoco se van desvaneciendo,
cual luz solar en la noche sedentaria.
La piel aguijoneada por pétalos de lirios
y el tedioso cantar de los grillos.
Omnipotente dios, alimentándose de los desvalidos,
coros de ángeles negros recitando epitafios,
bajo el andar misterioso de los astros desquiciados.
Muerte lenta, agonía en las entrañas
el buscador de almas se ha perdido en el laberinto de miserias,
de luto está la luna, los arrecifes han sido petrificados.
Desdoblar el papel de las promesas
y volver a reescribirlo,
con el ávido deseo del cuerpo, de trasmutar en frío mármol.
JUAN ARÉVALO.
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