La tienda de relojes era para Luis, su edén más preciado.
Vendía relojes de todas clases, y de todos los tamaños.
Tenía la costumbre de ponerles nombres. Cada reloj
estaba bautizado por él. Solía hablar con ellos, como si
fueran personas. Un día se enamoró de una hermosa joven
que había pasado por ahí. Desde ese momento olvidó las
cálidas charlas con sus amigos. La relojería dejó de ser lo
que era. Ya no le importaba si los relojes estaban en hora,
si marchaban o estaban sucios.
Los relojes sintieron celos y todos conspiraron contra él.
Al unísono apresuraron el tiempo, cada hora fue un día y cada
día fue un mes y cada mes fue año. De la mañana a la noche había
envejecido tanto, que ya no podía caminar. Su piel no era más que dunas
con pequeñas pecas. Su cabello emblanquecido se desprendía como
se desprenden las hojas de los árboles en un otoño prematuro.
Cuando la joven vio aquel hombre abatido por el tiempo, quedó
petrificada por el horror. La habitación permaneció en silencio, mientras
los ojos de aquel viejo purificaban su alma con pequeñas lágrimas
que morían en la soledad más absoluta.
JUAN ARÉVALO.

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