martes, 22 de noviembre de 2016

Fornican sobre la mesa, no hay nadie a su alrededor, no se
sienten inhibidos, nada les molesta.
Sin perder tiempo entrelazan sus cuerpos, desesperadamente
se acarician con sus lenguas, friccionan sus vientres. Se aman,
como solo ellos saben hacerlo... Saciados de su apetito carnal,
se preparan a devorar el delicioso pan de miel que yace sobre
la mesa, cuando de repente, un violento ruido y la oscuridad infinita.
Él, en el comedor ,sentado en su viejo sillón, con la mirada fija en  su diario,
suspira profundamente, no es ajeno a lo acontecido. Se pone de pie, deja el papel
sobre la pequeña mesa que hay a su lado y camina en dirección de la cocina.
Sabe bien lo que encontrará al otro lado de la pared.
Una mueca macabra surge de entre  sus labios.
Al cruzar la puerta, un aire melancólico acaricia su rostro, pero no
hay culpas, la conciencia no reprochará nada, el destino y la continua
lucha por la supervivencia. Gana siempre, el más fuerte.
Abajo, en un rincón de la cocina, una trampera de madera, tiene atrapados por
el cuello a dos ratoncitos blancos, delicadamente bellos,pero fríos y muertos...


JUAN ARÉVALO.



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