jueves, 24 de noviembre de 2016
Ana.
Cada vez que ve su retrato, una inconsolable tristeza recorre su cuerpo.
La pintura refleja la bonanza de aquellos años. Belleza, juventud,idilios
de amores,promesas... Vidas que fueron cubiertas por las impiadosas arenas
del tiempo, vidas que murieron, sumergidas en el olvido.
Tiene por costumbre desayunar en el patio, bajo el limonero,al lado del hermoso jardín
de rosas, que ella misma moldeó con sus manos y que adora con toda su alma.
Reposa su cansada vejez en cada pétalo,¡blanco, rosa, negro, azul...! cada pétalo sostiene
una parte de ella. No hay mañana, que no despierte sollozando.
No hay nada que nos alivie, cuando lo único que tenemos para enfrentar
la existencia cada vez más acotada, son recuerdos apenas visibles.
Los relojes son obstinados y no saben de clemencias.
Después de desayunar, gusta de recorrer las inmensidades de su jardín. Huele
el aire fresco, sonríe, su rostro evoca la siniestra mirada del tormento, camuflado de paz.
Nunca fue una mujer de malos modales, siempre atenta con todos, nunca hizo diferencias de
clases sociales, ni se mofó de nadie. Jamás justificó su belleza con falsa modestia.
Era una mujer libre, enamorada de la vida, a favor de todos y en contra de ninguno.
Pero la vida, esa marea de aguas diáfanas que el tiempo va contaminado, no tiene
remordimientos ¡ todo lo que fue ya no lo es !
Ana tiene una piel delicada, suave, frágil. Una piel, que hace mucho tiempo nadie
acaricia, nadie la recorre con sus labios alimentándola de sensaciones nuevas.
Ana se para frente de su retrato y se contempla a si misma.
La mujer retratada, eternamente retratada, será siempre joven, siempre brillará su belleza,
siempre prevalecerá su juventud...Ella, la otra, la verdadera, la que siente, la de carne y huesos,
la que teme,la que mira la luna en soledad y escucha el canto de los pájaros por las mañanas,
mientras desayuna su café bajo el limonero, junto a sus amadas rosas.
Ella no es inmune, lo sabe y se estremece cuando siente la muerte observándola desde un rincón de su casa...Ana, deja caer dos lágrimas...
JUAN ARÉVALO.
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