Efímero instante.
Y te vi, sentada en el cordón de la vereda, tus cabellos
danzaban al son del viento.
Tus ojos perdidos en un infinito oscuro y tenebroso.
Te vi, y no pude dejar de sentir el dolor de la soledad y entonces te abracé
y murmuré a tus oídos palabras que no decían nada y te reíste y te amé.
En un instante la vida recobró los movimientos y sus formas
y la soledad se desvaneció entre los silenciosos caminantes, que rondaban
nuestro sutil abismo...
JUAN ARÉVALO.
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