martes, 8 de noviembre de 2016


Cartas para Lucia

El tiempo se detenía cada vez que pisabas baldosas en plena calle.
Desnuda de complejos ibas y venias sin importar lo que había
detrás de los carteles que ocultaban el sol.
Tenías tus manos en mis manos, tus ojos en mis ojos, tus tristezas
pintaban paisajes dentro mio.
¿A qué hora fue que te marchaste ?...No esperaba que lo hicieras,
la melodía de tu aliento descifraba los misterios de la noche, siempre
con ternura, siempre con calma.
No sabía que allá, entre esas montañas te esperaba el infinito, no
supe entender lo que te atormentaba, todo siempre para mí.
Mi egoísmo doblegó tu risa y mi amor no fue más que un sendero melancólico
donde el otoño iba cubriendo con hojas secas tu frágil destino.
Hoy después de mucho tiempo vuelvo a escribirte, sintiendo la necesidad
de traerte de nuevo y ocultarte entre mis brazos para que pases desapercibida
ante la muerte.
Para ellos, son solo palabras, para mí y para ti son mundos, son retazos de
historias que se acumulan en la piel, en la almohada, en la vitrina abandonada
de los instantes muertos.
¿Será qué la mañana huele a tu perfume. Será qué las rosas han despertado
heridas y mal vestidas?... A lo mejor no es más que un delirio mio que se mece
dentro de la taza de café como un olvido queriendo renacer.
¿ Olvido ?...Esa palabra tan fría, ten muerta, tan despiadada que la distancia
engendra de apoco, sin importable el dolor de los demás.
Ajena a ti, ajena a mí la vida se bifurca, a la izquierda un panal de abejas, a
la derecha un lupanar miserable donde todos ríen como si la felicidad fuera
un lienzo siempre pintado impecablemente, sin borrones ni colores mustios.
Lucia, hoy tengo ganas de contemplarte desnuda, viva, casta como ayer, entre
las aguas cristalinas de nuestro mar de ilusiones, donde el dolor no era más
que un efímero aguacero.
Pero el presente dicta la realidad y el sol de tus días aplacó tus pasos y con él
las caricias tibias de ambos.

JUAN ARÉVALO.

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