Un día de sol, los pájaros cantan, domingo de primavera
frágil haz de luz que traspasa la ventana,
invisibles manos acariciando la piel, entibiando el alma.
Silencios reposando sobre el polvo de los muebles,
cuerpos inmóviles, arraigados a una monotonía infinita,
dan vueltas las aspas del viejo molino,
un reservorio que se llena, rebalsando sueños muertos,
desgarradas y mutiladas esperas,
inerte reloj que yace olvidado en el frío rincón del ayer
melancólico hilar de recuerdos .
JUAN ARÉVALO
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