viernes, 18 de diciembre de 2015




El muerde su cuello, ella se deja llevar, el rito ha comenzado, la piel saborea el sudor, las aguas del impetuosa mar corren por sus venas, ya no existen limites, el umbral de lo prohibido fue traspasado, él lame sus pechos, el vértigo se acelera, sus labios se humedecen... Un aire incandescente y el gélido mirar de la maga de bronce que está frente a ellos,
muda testiga de aquel encuentro. El cofre se abre, los secretos quedan al descubierto, desnudos cuerpos, pechos apetecibles, vientres ardientes, húmedo surco, flecha de fuego, lunas devorándose a si mismas, lágrimas que se pierden en gemidos. El hombre inicia el acto, sus labios frotan los rosados y rígidos pezones, sus manos bajan suavemente recorriendo cada centimetro de piel hasta llegar al vientre de ella, 
una música nace del frotar de sus cuerpos, el fruto sagrado ha sido mordido, voraces lenguas se enredan, se desenredan, los contornos de los labios rojos avernos encendidos al limite, caricias que fustigan, el roce se vuelve látigo sutil marcando la piel ... Ya no importan el timbre, ni el teléfono llamando dentro de la habitación, solo hay dos amantes, dos almas encendidas entrelazadas, libres pero cautivas. sábanas blancas se tiñen del color de la piel como cuales pétalos pigmentados de flores silvestres. Ella separa sus piernas, dentro, en la profundidad de su carne el silencio se quiebra, él entra suavemente, su hombría erecta y en vertical siente como las paredes húmedas del vientre de ella lo atenazan, una y otra vez ... JUAN ARÉVALO






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