domingo, 23 de octubre de 2016


Escuchando al viento entendí, por que los pájaros
vuelan y los mares se empeñan en forjar memorias.
Pude sentir la voz del hambriento y la del poderoso.
Contemplé con asombro que mi piel se abría,
pequeños surcos que se profundizaban, mi carne
roja y el blanco pálido de los huesos.
El miedo se desvaneció en medio de la espesa niebla.
Todo olía a jazmines.
Mis manos tomaron una pequeña piedra y entre las asperezas
de su cuerpo, una lombriz yacía petrificada por los años.
La niebla se disipó y me encontré desnudo sobre una montaña
de excrementos. El perfume de jazmín aún se podía percibir,
así como la lluvia de ojos que caía sobre mí. Cada mirada
parecía sostener un reproche, una especie de culpa por algo
que no hice y que ya no podría hacer.
El viento había callado. Las ruinas de un cementerio surgía
de entre la montaña de excremento,lapidas mal escritas y floreros
ensangrentados parecían cobrar vida.
El cielo seguía vomitando ojos.
Cuando desperté, un espectro permanecía inmóvil al lado de mi cama,
su rostro carecía de ojos,solo una boca desdentada con aliento a putrefacto.
Mi padre me sigue atormentando, aún después de muerto. Pero ya no le temo.
Sus golpizas han dejado cicatrices, así como el amor por sus botellas
de alcohol y el dolor de su partida. Murió en la calle, como muere
un perro abandonado, como mueren los invisibles, los cobardes.
Pero a medida que el tiempo avanza, el vacío es más hondo, y hiere,
así como el odio y la promesa de amor no cumplida.

JUAN ARÉVALO.


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