Allá, donde las aguas
aún permanecen cristalinas
y los sauces lloran letras,
está la luna reposada
sobre las piedras de la inocencia
que aún no ha sido profanada.
Allá, donde los muertos se levantan
de sus tumbas
y las horas se detienen a contemplar
el alba,
está mi niño bebiendo la mañana.
Allá, donde descansan las cigüeñas
a la lumbre de las lámparas
se ocultan mis lágrimas en medio de plegarias.
Allá, donde las montañas desnudan las nubes,
se encuentra mi alma,
desglosando dulcemente tu sonrisa tierna.
JUAN ARÉVALO.
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