Escribir no es un trabajo, es una necesidad, una rebelión
en contra de uno mismo. Escribir es sentir que aún no se
está muerto y que todavía corre sangre en las venas.
Una decadencia que se va amoblando con palabras,
un vuelo mágico, un egoísmo incipiente, un nacer
constante. Escribir es alimentar la nada y darle identidad,
hacer de su anónima existencia un caudal de emociones,
de colores, de imágenes.
JUAN ARÉVALO.
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