martes, 5 de abril de 2016


Un silencio eterno habita en los labios de la razón.
La boca seca de la muerte se anima y prueba el vino
agrio del cuerpo desnudo de la margarita, que yace
envuelta en rocío, exhalando un último suspiro.

El grito desgarrador de la madrugada , rompe los cristales
de las ventanas de los solitarios cuerpos que beben el seco
y agonizante nectar que va dejando el amor a su paso.

Las palomas se amontonan en las plazas, comen las migajas
que el gentío les arroja, no sin un gesto de codicia, el don de
dar no nace del alma si no de la piedad.

Llueve y las calles se vuelven efímeros mares, en donde
las lágrimas de los muertos se desplazan con total tranquilidad.
La angustia de los vivos se muestra en los trancos largos de sus pasos
que apurados por llegar a algún lado se olvidan de detenerse a sentir
el llamado insistente de la piel sedienta de caricias.

Caen las pesadas puertas de la realidad y cada uno se encuentra consigo mismo
dolor de olvidos, dolor de estar sin sentir la culpa de vivir,
vivir no es más que un camino de pendientes y claros cubiertos de musgos
y arenas movedizas que sin piedad engullen todo lo que pasa sobre ellas.

El tiempo no es más que un viejo calendario ,
días acumulados en su interior. Días, meses , años, décadas, siglos...

JUAN ARÉVALO.







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