viernes, 1 de abril de 2016
No hubo rostros ilesos cada uno de ellos
llevaba en sus ojos la cicatrices de la tristeza.
Los cuerpos se paseaban desnudos
por las calles. Heridos y hambrientos
morían de melancolía, nadie sabía sus nombres
ni que hacían , ni donde vivían.
La noche se había terminado. Había muerto
consumida por el día. Ya no se volvió a ver el color
negro ni las estrellas, ni la luna, ni los insectos nocturnos.
La noche fue acribillada por las balas perversas
de los que quemaron libros en hogueras de odio.
JUAN ARÉVALO.
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