
Levantó su espada y en el momento de dar muerte a su oponente
un dolor agudo se adueño de su pecho.
La sangre de los caídos se fundía con la negra noche.
Los buitres festejaban la jornada en un banquete diabólico.
Mientras en un charco de sangre aquella espada se iba
enrojeciendo junto al cuerpo de quien horas antes había
sido su poseedor.
JUAN ARÉVALO.
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