sábado, 23 de abril de 2016
Me despertaba por las madrugadas con su llanto.
Su melancólica voz penetraba mis oídos y mi piel
moría en las soberbias de la soledad absoluta.
Siempre a la misma hora.Siempre el mismo llanto,siempre la misma tristeza.
Mis brazos la enredaban, su rostro húmedo de lágrimas
se escondía en mi pecho desnudo y su cabellera se perdía en su espalda,
y todas las palabras eran para ella. Un dolor corría por sus piernas
hasta alcanzar su escote semidesnudo y ahí se quedaba,
latiendo tímidamente.
No lo hacía para molestarme, ni por miedo a los monstruos que
a menudo invadían sus sueños, tampoco lo hacía por codicia,
su llanto era verdadero. Sus ojos se desnudaban de toda vida
y un rio de lágrimas corría por sus mejillas , mientras sus labios
hilaban palabras que solo ella entendía y que yo fingía entender
solo para no afligir aún más su dolor.
Al otro día cuando nos despertábamos, me sonreía y con un gesto
de piedad acariciaba mi rostro dulcemente .Sus manos suaves y
delicadas se detenían en mis labios ,(también se detenía el tiempo)
sus dedos jugaban en ellos mágicamente.
Después de hacer el amor, nos levantábamos, uno iba a la ducha,
el otro a preparar el café, las tazas y el pan con manteca.
Mientras esperaba su turno para el baño matinal .Cuando
terminábamos de desayunar , cada uno se iba a sus tareas diarias.
Las horas pasaban tranquilamente. Ella sentada sobre una silla
escribía en silencio,perdida en su mundo, en el cual no había espació
para mí .En ese mundo habitado por seres extraños que absorbían
todo su tiempo yo no existía.
Mientras ella acumulaba secretos yo pintaba árboles y sombras en
lienzos que después vendía en la feria dominical.
Una madrugada su llanto enmudeció en un otoño infinito.
Su cuerpo frío, rodeado de idilios y mariposas invisibles yacía desnudo de alma,
huérfano de sentidos, libre de movimientos , rígido, muerto.
El dolor que vivía en ella había mudado para siempre. Ahora después de
tantos años de su partida yo me despierto por las madrugadas, llorando
y sintiendo en mis piernas una punzada que se va deslizando por todo mi
cuerpo hasta llegar a mi pecho.
JUAN ARÉVALO.
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