jueves, 21 de abril de 2016

MEMORIAS DE UN OTOÑO

Una a una las hojas se fueron desprendiendo de los árboles,
y en su vuelo hacía los silencios de la muerte , las
palabras mudaron de boca en boca, como sí el viento
frío del aliento las hubiera desterrado a las desiertas fauces
de una taza vacía de café.

Los mercados cerraron temprano. Las luces
de la ciudad se iban encendiendo,
como se encienden las estrellas en los cielos,
como se encienden las llamas de las antorchas de los castillos
medievales, al son de las trompetas .

Él, tendido sobre su lecho acariciaba los cabellos
de su amada, que desnuda de ropajes y esperanzas
besaba el pecho de su amante con sus labios, con su rostro ,
que humedecido de lágrimas se aferraba ferozmente  a aquella piel
despojada de codicias y egoísmos.

Afuera, la lluvia insistía con su melancólico repiquetear
de gotas sobre las calles, sobre los cristales de las ventanas,
sobre las flores que ya vueltas capullos exploraban la libertad,
que solo el sueño puede brindarles.

Algunos paseantes se refugiaban bajo las marquesinas
despintadas y descascaradas , otros con sus manos en los bolsillos
caminaban sin tiempo bajo las lágrimas, que caían continuamente
del negro cielo que parecía no tener consuelo.

Adentro, los dos amantes mirándose a los ojos se decían cuánto se amaban,
cuánto se necesitaban y que uno sin el otro no era más que una sombra
andando los caminos de un páramo cuyos soles no eran más que pupilas
apesadumbradas que nada expresaban...Pupilas exangües....

Una fuerte ráfaga de viento abrió de par en par las hojas de las ventanas
y el olor a perfumes baratos invadió toda la habitación. Los latidos
de aquellos corazones apresuraron su marcha, como previendo lo
que estaba a punto de suceder.

Las campanas de la catedral que abarcaba toda la esquina, dieron doce campanadas,
apurando así la madrugada y con ella el cruel desenlace.

Los dos cuerpos desnudos se abalanzaron hacía el abismo incipiente,
incipiente y efímero que habían pactado.

Él ,consumió primero aquel liquido que yacía en una pequeña copa
de cristal. Mientras bebía, en sus ojos la vida se marchitaba lentamente.
Luego le siguió ella, que sin arrepentimientos ni reproches absorbió
lo último de aquel veneno que sin misericordia apagaba la pequeña
llama  de su alma...

La lluvia seguía mojando las calles, las estatuas arraigadas a sus
miserias le hacían el amor...

Los dos amantes dormían , entrelazados sus cuerpos, cada uno
contenía el aroma del otro...Infinitamente dormían.
Ninguno de los dos era libre, pero se amaban .

JUAN ARÉVALO.











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