lunes, 26 de diciembre de 2016
EL JINETE.
El viento soplaba la luna y la luna las estrellas.
Un caballero de erguida figura, cabalgaba la tierra
con un afán verdadero.
Más la muerte tiene la voz gastada y lágrimas mudas.
No hubo testigos ni pergaminos contando la trama
solo fue una estampida, una niebla de alientos mustios
que cubrió la armadura de aquel condenado jinete.
Tampoco hubo condestables con estandartes relucientes
ni fue el destino de las murallas, ni el de la guerra, ni siquiera hubo complot
fue el amor, el amor y sus crueles fragancias
más la doncella no sabía de amores y todo en ella era prohibido
más la distancia de las miradas concluían la farsa.
Su espada abatida por unos ojos se dejaba llevar por la briza negra del martirio
que de apoco destronaban la sangre casta, más el honor había sido manchado
la gloria de aquellas batallas habían sido profanadas.
El final de la obra, invisible asechaba como asechan los inviernos en las risas
del otoño que va cubriendo la marcha de la vida sosegada .
Seguía su marcha el caballero en medio de la nada
evocando en su alma la imagen noble de su amada.
Más el viento soplaba la luna y la luna las estrellas
cando de pronto del cielo un trueno sonó un rayo quebró las razones
la tierra abrió sus fauces, la muerte gimió su victoria
más la clemencia perdió sus raices y del caballero solo
perduró su silencio .
Vencido y harapiento quedó el cuerpo vacío
en medio del olvido
solo los buitres festejaron aquella causa perdida.
JUAN ARÉVALO.
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