
Cada vez que iba al museo de pinturas se quedaba horas
mirando aquel cuadro, donde la vida no tenía idas y vueltas.
Para él nada tenía que moverse, todo debía permanecer inmóvil
siempre aferrado a un algo. Una noche cuando miraba la pintura
notó que su cuerpo perdía los sentidos. No podía mover sus brazos,
sus piernas, su cabeza, sus labios ¡nada !. Los ruidos se iban desvaneciendo
entre la oscuridad que lentamente se apoderaban de sus ojos. El frío y el calor
ya no se hacían sentir. La piel se cubrió de colores y su mente emblanqueció de golpe.
Al otro día los guardias del museo miraban con asombro la tela.
-- Otro más que admiró demasiado está pintura --- dijo uno de los guardias.
-- Pensar que cuando se la colgó, solo era una mancha negra sin forma -- Contestó el amigo.
.JUAN ARÉVALO.
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