Todo se esfumó en el último beso,en la última tarde de aquel invierno.
Un vaivén de hojas muertas y el pestañear lento de las amapolas
de aquel musito jardín del recuerdo en donde nos perdimos en un adiós.
Amor ya no hay piel, la carne desnuda se a revelado ante nosotros. Ya no
importan las palabras ni los conjuros que pactamos, ni el mal humor,
ni las alegrías.
No podemos seguir hablándonos, escuchándonos, extrañándonos,
en el final del camino, estamos solos.
Tú sabes que el tiempo nos a tocado con su vara cruelmente mágica,
degradando nuestros cuerpos, nuestra memoria, nuestras profundidades
en las cuales guardábamos aquellos momentos tan únicos, tan nuestros,
pero que ahora se disuelven en el mar insípido de la muerte.
Estoy atrapado en el laberinto obscuro del silencio, no hallo la salida
ni tampoco deseo hallarla. Sin ti no soy más que un vacío cuerpo penando
en las orillas de la vida. Lejano a todo,perpetuándome en el olvido, elegía
eterna.
Pájaros negros caen muertos del inmenso árbol, como frutos prohibidos cubriendo la
tierra. Cuerpos que lentamente se van invisibilizando frente mio.
Ungido ser de lágrimas, lienzo irrompible,páramo acotado.
Frío edén de serpientes hambrientas, huesos carcomidos por la noche.
Ya no puedo volver a desandar el camino. Ya no puedo desenterrar el alma
ni encender la hoguera que devuelva a tus ojos el brillo que tanto te pertenecía.
Mi locura no es más que un diáfano caudal de sentimientos derramándose sobre
la aurora última del fin de la agonía. Color rojo emergiendo de las venas,siluetas
deformes que se van perdiendo.
Ya no huyo, ya no le temo a la inmensidad oculta detrás del espejo.
Ya no lloro, solo río mientras la nada me acobija en su pecho, como una madre muerta,
abraza al silencio infinito de los misterios.
JUAN ARÉVALO.
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