domingo, 7 de febrero de 2016
Ana terminó de cepillarse los dientes, enjuagó por última vez su boca
escupiendo el agua con las sobras de la pasta dental en la vieja
pileta de su baño. Peino su largo y lizo cabello durante un par de minutos,
y antes de salir del baño rezo una plegaria, cómo cuando lo hacía de niña.
De pronto, la luz empezó a titilar, el foco se prendía y apaga, como el guineo
de un auto que va a doblar a su izquierda en medio de la noche.
Sus ojos se humedecieron, sus manos empezaron a temblar, un grito
espantoso salio de su garganta, el recuerdo de un jardín de flores muertas
recorrió su piel, de niña había visto como fueron asesinados sus padres y sus
dos hermanos en el jardín de la casa de campo que tenían en las afueras de
la ciudad. Hace cinco años que Ana vive encerrada en ese viejo y abandonado baño
en el cual se corto las venas para dejar de sentir el dolor de la muerte.
JUAN ARÉVALO.
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