EL VIEJO
Se olvido del tiempo ahora ya no le quedaba más que su viejo amuleto,
una pata de gallo con una pesuña rota, que había encontrado hacía varios
años atrás. La casa se había despintado, el jardín estaba cubierto de hierbas
malas. Las lajas del patio despegadas y rotas. Un abandono de muerte reinaba
en aquel lugar. La tristeza desangraba en la tenue luz de la lámpara siempre
encendida, tanto en el día como en la noche. El verano entraba a su fin, el otoño
comenzaría a cubrir las calles con hojas secas y bufandas largas y melancólicas.
Su mirada traspasaba el cristal de su ventana la cual miraba hacía arriba, hacía
el cielo azul y despejado, porque aunque este gris o lloviendo el lo veía siempre
azul y despejado. Su cuerpo envejecido yacía postrado en esa cama solitaria, de
sábanas y cobijas negras a cuadros. La habitación lúgubremente iluminada por
la lámpara acentuaba con su alma. El rostro del viejo no era más que un rostro
pálido y gastado con dunas en sus mejillas. Sus ojos sin brillo, atentos siempre
al cristal de la ventana, nunca se separaban de él, a veces se humedecían y unas
lágrimas se tornaban esperanzas surcando el aire muerto de la habitación, como
tiernas caricias. Su mano izquierda apretaba fuertemente aquel viejo amuleto,
como sí tuviera miedo a perderlo.
Nunca se caso, nunca tuvo familia. Siempre se lo veía solo, solo con su tristeza
de antaño,la cual apresaba a todo aquel que contemplará su mirada, el dolor
se posaba en la ajena alma hasta hacerla estallar en un espontaneo y largo llanto,
por eso nadie lo visitaba, todos ignoraban su presencia, y muchos se burlaban de él.
Un día no se lo vio más. Todos pensaron que había muerto .
Un fuerte viento se levanto una mañana, pero no era igual que a otros vientos que habían
azotado aquel pueblo, este tenia algo particular. Sus soplidos eran voces, voces que llamaban
y rezaban, voces que gritaban y reía, voces que lloraban y pedían perdones. La gente asustada
corría desesperada. Algunos juraban que el apocalipsis había llegado, otros solo escuchaban
asombrados aquellas voces del viento.
Mientras adentro de aquella pieza el viejo miraba como siempre el cristal de su ventana.
De repente, soltó bruscamente el amuleto que aferraba fuertemente, sus ojos brillaron,
sus labios sonrieron y sin esfuerzo alguno se inclino sobre su cuerpo, su piel se fue
rejuveneciendo, su cabello blanco se tiño de negro y su espalda se hincho descomunalmente
luego de unos segundos, la piel se abrió y unas alas crecieron de su carne al unisono que traspasaba
la pared el viento seso y todos vieron aquel ángel levantar vuelo hacía el cielo bellamente azulado
y despejado.
JUAN ARÉVALO.
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