domingo, 1 de enero de 2017
FLORA
Juntábamos pedacitos de tiempo dentro de botellas vacías que luego arrojábamos al mar
y que sin preocupaciones, se dejaban llevar por las ociosas mareas que se perdían dentro
de una lejanía misteriosa, que desangraba melancólicamente en un cielo rojizo, que por
momentos se volvía azul, gris, cuerpo, muerte...
Luego, cuando las botellas se perdían de nuestras miradas, nos marchábamos.
La tristeza se apoderaba de nuestras pieles y muchas veces moríamos en aquel lugar.
Después,sentados en un bar descifrábamos las edades de la gente que ignorando nuestros
juegos, pasaban por delante nuestro, con sonrisas a veces compradas, otra veces nacidas
del viento y algunas veces solo reían .
El café se enfriaba dentro de las blancas y diminutas tazas. Flora juntaba con cuidado
las sobras de pan que guardaba en su bolsita rosa con figuras extrañas. Bolsita que un día encontró
no sé donde y emocionada por su hallazgo reía y entonaba cantos de amor que yo no podía entender. Mi imaginación es cruel y demasiada acotada.
Al salir del bar caminábamos a la plaza, cuando llegábamos al centro de su vientre, ella metía sus manos dentro de su bolsita tomando los trozos de mendrugos y como un árbol que se extiende dentro de la nada, estiraba sus brazos, cerraba sus ojos, sus manos se iban abriendo lenta y sutilmente, como pétalos que van despertando una mañana cualquiera. La vida no tiene días, no tiene horas, no tiene orden, solo nace y se desarrolla frente a nuestros ojos...Las palomas venían de todos partes y una a una se iban reposando sobre sus brazos picoteando cada trozo, cada miga de pan que Flora, en su inocencia les había guardado.
Flora...Flora tan mía, tan grande y tan niña. Tan casta como corrompida...
JUAN ARÉVALO.
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