viernes, 6 de enero de 2017
La encontré sentada entre la amapolas. Sus dedos acariciaban una
mariposa muerta. Sus ojos atravesaban los confines del mar blanco
que se mecía en la soledad más absoluta.
Un gran y profundo canal daba de beber a los pequeños conejos que
cansados de sus paseos, se detenían a saciar su sed.
Cada trozo de ese momento se quedó para siempre en mis pensamientos.
La miré como se miran las obras más majestuosas . Ella no parecía interesada
en mí. La lejanía de su mirada se tornaba un domingo de otoño, cuyas tardes
se rinden ante la silenciosa muerte.
Apasionado por las aves de cantos melancólicos, me dispuse a seguir mi camino
bajo el cielo celeste que nos cobijaba. Cuando en un despertar maravilloso, me dijo
que ya era hora de levantar el vuelo seguido de un sollozo que luego fue una una
risa la cual acarició mi dudas, mis miedos, desvaneciéndose en el viento fresco.
Me volví y acoplado a sus lágrimas conté los botones de su blusa y las pecas de
su rostro...
JUAN ARÉVALO.
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