viernes, 6 de enero de 2017
Todo es una sutil llovizna de casualidades. Cada encuentro
cada mirada, cada vida y cada muerte.
No hay instantes que no hayan sido planeados. No hay palabras
que no hayan sido escritas antes de escribirlas.
Las nubes negras que se amontonan en el cielo no son más que lágrimas
dentro de un nefasto vientre. Lágrimas a punto de nacer y mojar con sus agónicas
almas los cuerpos, las calles, los edificios, las casas.
No hay dolor que no haya sido vivido. Esa extraña forma de sentir cuando
todo se vuelve nada.
Intercambios de miradas, de preguntas, de amuletos sin suertes.
Inútiles caricias fecundando tristezas. Tristezas que ya fueron vividas .
La muerte no es más que un silencio dentro de un enorme silencio que aturde
con sus alaridos. No hay ojos que no lloren bajo las estrellas sin párpados ni
hay cuerpo que no se mutile entre la negra y espesa niebla del olvido.
¡Oh! Ariana, cuando todo se cae y las horas se vuelven cárceles apresando las esperanzas,
humillando las risas y atosigando el andar...Cuando el sol se nubla y las aves se vuelven
negros cuervos, cada cicatriz vuelve a sangrar.
Diluvios de días inundan el centro de está vida que ya no tiene pasado, presente ni futuro.
Ya no estás estando siempre. Ya no amas, amando siempre. Ya no vives, viviendo siempre.
No pidas clemencia, no pidas colores, no pidas paz sí ya no hay nada que dar.
JUAN ARÉVALO.
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